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Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO

Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.
Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.
Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.

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Brazos y bobinas

por Jorge Iván Agudelo • Archivo Fotográfico BPP

Número 148 Marzo de 2026

A primer golpe de vista, parece que la foto viniera o, en todo caso, para no fascinarnos con los imposibles, recreara un mundo futuro, uno hecho de asepsia y simetría, donde el hombre y la máquina, con sus brazos y sus bobinas, conformaran una sola materialidad, fueran caras limadas, sin fisuras, de una misma moneda; pero en la trasescena, en el mundo de los hechos reales, digamos, está Medellín, el año de 1992, la Industria Colibrí, a veintiún años de su liquidación definitiva, una cámara análoga marca Mamiya, y el pulso y la mirada de Lina Isaza, que, para entonces, abrían camino y fijaban las pautas de las que serían muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Ya situados en una ciudad y un tiempo precisos, la foto se vuelve paradójica: enaltece la repetición industrial, la precisión técnica, en fin, el trabajo textil de la última década del siglo pasado, y, al tiempo, nos hace pensar, después del brillo de la manufactura local, en una sentencia presidencial que, aunque rápido mostró sus costuras, fue caballo de batalla coreado por muchos: “Bienvenidos al futuro”, como si se tratara del tiempo esperado, del instante decisivo para cumplir una promesa aplazada, la de subir, con toda la pompa y la gloria, al tren de la modernización y de la apertura económica.

Entonces la foto se vuelve túnel, proyección al infinito de la máquina hacia la oscuridad, símbolo, también, del trabajo inacabable, de la subordinación del hombre a los gestos que se repiten, a la hilatura industrial que lo reclama y, sin embargo, lo va dejando un poco a la deriva entre el primer plano (presente, máquina, trabajo) y el fondo (laberinto, embudo, clausura) que bien funciona como corolario de lo que vendría: máquinas de las fábricas textiles obsoletas y trabajadores empujados a la informalidad y al desempleo, mientras se asomaba, como otra promesa, y basilisco, una nueva cara del mito modernizador: la digitalización de la industria y la “cuarta revolución industrial”.

Así y todo, más allá de las resonancias o de los sombríos augurios que pueden encontrarse en una imagen, está Lina Isaza, 34 años después, hablándonos del día en que compró unos filtros, porque las luces habituales de la Industria Colibrí eran unas luces verdes, de las que ya no existen, para que los hilos blancos, que se pueden ver en filas de a dos sobre la cabeza del operario, no cambiaran de color y la foto fuera la que es, una estampa, se nos ocurre a nosotros, que a primer golpe de vista, parece venir de un mundo futuro.

El trabajo de Lina Isaza se suma, en septiembre de 2024, bajo el acompañamiento de Jackeline García Chaverra, a los 45 fondos que, desde su fundación, a partir de las siete mil placas de vidrio que quedaban del archivo del fotógrafo antioqueño Benjamín de la Calle, alberga el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. El fondo de esta fotógrafa, conformado por 25 778 imágenes, marca un punto de inflexión, toda vez que se trata del primer archivo personal de una mujer, con toda su diversidad temática (fotografía publicitaria, fotografía social, fotografía de viajes, fotografía documental) y de formatos (35mm, 4x4cm, 6x4cm, fotogramas a color, blanco y negro y transparencias), que puede consultarse en nuestra biblioteca.

por JUAN DIEGO PARRA // Nombres de bandas, rutas y tránsitos de Medellín constituyen una cartografía emocional donde residen, en capas variables del tiempo, los recuerdos de una generación que vio de frente al terror y logró almacenarlo en registros sonoros.

por SIMÓN MURILLO MELO // Medellín se construyó no sobre lo que hoy llamamos el río Medellín, sino sobre la quebrada Santa Elena. El río durante buena parte de nuestra historia corrió libre alimentado por más afluentes que los que hay en todo Portugal. No sabemos casi nada de ese valle: mucho se perdió.

por RICARDO ARICAPA // Entonces a su itinerario le agregó recorridos por los bares de Guayaquil y La Bayadera, y los burdeles que quedaban al norte de la ciudad, a donde iba por las tardes, cuando el tranvía no presentaba tanta congestión y las mujeres estaban en tiempo muerto, podían atenderlo.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // Desde octubre de 2022, un rumor de canibalismo en Medellín ha campeado por las calles y las redes sociales. Ese rumor, hasta ahora, no ha sido confirmado, y las autoridades tampoco han recibido denuncias al respecto. Lo cual no significa que Medellín haya estado exenta de canibalismo: este artículo, por ejemplo, es la reconstrucción del caso más legendario y mejor documentado.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // En el imaginario colectivo, el Palacio estaba marcado por la tragedia desde que, en 1951, un ciudadano alemán se lanzó al vacío desde una de sus torres, “ejemplo que muchos fueron siguiendo con el tiempo”, convirtiendo al quinto piso del Palacio en el epicentro de los suicidios de Medellín, con más de sesenta casos registrados hasta 1990.

Enterrar a la mamá

Archivo Fotográfico BPP

Número 117 Agosto de 2020

Cobertura de la quebrada Santa Elena. Francisco Mejía. Circa 1940.

Si usted hubiera sido un niño en esos tiempos habría podido presenciar con asombro —y quién sabe si dolor— uno de los entierros más descomunales que haya organizado Medellín. Un entierro por lo alto, planeado por años, promovido con entusiasmo y finalmente ejecutado con bríos, recursos y convicción. Un crimen, lo han llamado algunos. Un asesinato, otros. Un mal necesario. Un acierto, incluso. Pero un entierro al fin y al cabo.

En esta foto lo podemos ver clarito. Ante nuestros ojos —y ante los ojos de quienes miran o conversan dispersos en la escena—, el proceso de enterramiento en todo su esplendor. En medio de la imagen, proyectando su cauce en diagonal desde abajo hacia la derecha, vemos el flujo de agua más importante en el largo proceso de surgimiento, crecimiento y desarrollo de esta ciudad. El que la “amamantó”, la “bautizó” y le dio todo lo que un arroyo —con su lecho y sus riberas— le hubiera podido ofrecer a un pequeño asentamiento humano. Un pequeño caserío en tierras indígenas convertido luego en sitio de españoles y, casi cuatro siglos más tarde —aquí lo vemos—, en un pueblo grande que se negaba a aceptar un apelativo diferente al de “ciudad”: la “Villa de nuestra señora de la Candelaria de Aná”, luego “Villa de nuestra señora de la Candelaria de Medellín”, y hoy Medellín, a secas. Esa que nació recostada a orillas de la antigua quebrada de Aná, la mismísima quebrada Santa Elena. La que desde los días en que fue tomada esta fotografía atraviesa a oscuras el Centro, bajando desde las montañas del oriente hasta desembocar en el río Medellín.

¿Cómo llega una ciudad a tomar la decisión de que la fuente de agua que históricamente “la trajo al mundo” debía ser sepultada bajo una lápida de cemento armado? ¿Qué extraño encadenamiento de hechos puede llevar a que se prefiera eso a abrazarla, a salvarla?

La respuesta sin duda está dispersa en los archivos históricos, en las páginas de los periódicos o en los ires y venires de los títulos de propiedad del suelo urbano. Pero en últimas la explicación está en un lugar más inasible y sutil, pero contundente: la mentalidad de los hombres y mujeres que hemos habitado este valle desde los tiempos de la invasión española. Y que aunque se ha transformado con el paso de los siglos y las modas, aún sigue ahí, aquí, a su manera, dando forma a este pedazo de mundo.

Si los modos de vida medievales que heredamos de España la comenzaron a asfixiar en aguas negras, por otra parte las obsesiones por las idea de progreso, higiene y acumulación de capital —importadas de Estados Unidos, Inglaterra, Francia— se ocuparon de darle el golpe de gracia. Vertimientos continuos de residuos industriales y la posibilidad de convertirla, de un solo golpe, en una alcantarilla que arrastrara todo lo sucio por debajo, y una calle que permitiera la circulación de todo lo nuevo y limpio (automóviles, aceras, gente bien bañada) por encima.

De modo que esto que aquí vemos es el proceso de cobertura o “entamboramiento” de la quebrada Santa Elena, pero al mismo tiempo es la ansiedad de una ciudad latinoamericana por dejar atrás su pasado colonial de tapia, bahareque y barro, y abrazar con furor una promesa de futuro motorizada, encementada y perfumada.

Uno se podría detener en el hecho de que Coltejer decidiera, olímpicamente, convertir esta quebrada de todos en el alcantarillado de ellos, para deshacerse —a cielo abierto— de sus hediondos residuos de tintorería.

O en la falta de sentido colectivo y defensa de lo público de un Concejo Municipal que permitió que una empresa privada se ahorrara los costos de deshacerse de semejantes pestilencias en un lugar distinto a la “quebrada madre” de esta ciudad.

Pero en últimas fuimos todos. Como rezaba un anuncio de la época que promovía la cobertura de la quebrada, nos convencimos de que había que hacerlo “por salud, por transporte… ¡y hasta por negocio!”.

Si nos pusiéramos en tónica punzante podríamos decir, por ejemplo, que esta historia fue algo parecido a “matar a la mamá y hacer negocio con el entierro”.

Pero para qué llorar sobre lo que ya fue.

La pregunta ahora es, ¿nos alcanza la mentalidad de estos tiempos que nos correspondió vivir para revertir ese proceso y rescatarla?

Porque aunque parezca, la Santa Elena no está muerta. Solo está perdida, sucia y escondida bajo nuestros propios pies.

***

*Sobre este tema, la Biblioteca Pública Piloto presentó el documental Santa Elena está perdida, con una charla introductoria, el 18 de agosto de 2020 (día de Santa Elena, patrona de la arqueología y las cosas perdidas). Aquí se puede ver completo.

Salir en hombros

Archivo Fotográfico BPP

Número 113 Febrero / marzo de 2020

Baltasar Ochoa. Fotografía Rodríguez, 1914.

La de un tal Baltasar Ochoa es también la historia del huérfano aguerrido que logra ser alzado en hombros por las multitudes. Pero no en versión de superhéroe o de alcalde… sino de médico. Y en este caso, y a propósito de la más concurrida de estas fotos, cuando ya había atendido al último paciente. 

Para haber tenido la despedida masiva que aquí vemos, es curioso que ya nadie cuente su historia. Y que para medio recomponerla un poco toque reunir retazos dispersos por ahí, entre párrafos sueltos en libros viejos, pies de foto o secciones de “Páginas Olvidadas” en volúmenes sobre médicos antioqueños, que ni siquiera lo incluyen en el índice.

Y si no existe libro ni folleto dedicado a su memoria, menos todavía un monumento: el que había lo demolieron a martillo y pica los constructores de la avenida La Playa a mediados del siglo pasado. Porque a esta historia se puede llegar también sobre un puente. Uno con nombre de rey mago y apellido vernáculo, que unía las dos orillas de una quebrada que ahora es invisible: el Puente Baltasar Ochoa, que sobrevoló por años la quebrada Santa Elena (hoy avenida La Playa), en el cruce con la calle de Carúpano (hoy carrera Sucre) y que fue bautizado en homenaje a este famoso médico olvidado.

Puente Baltasar Ochoa. Foto de “Obando” en Figuras significativas en el tricentenario de Medellín, de Arturo Puerta y Olimpo Gómez.

Esquirlas de historia como esas cuentan que nació en febrero de 1859, en una finca “entre los distritos de Santa Bárbara y El Retiro”. Y que para llegar a ser “uno de los hombres más queridos y populares de esta capital” no la tuvo nada fácil. “Huérfano de padre a los cuatro años, la mala situación pecuniaria de su familia lo obligó dedicarse a labores agrícolas y pecuarias hasta la edad de 17”.

Cuando pudo deshacerse del azadón y el zurriago, el joven Baltasar, temerario, emigró a Bogotá a estudiar literatura “en el Colegio de San Bartolomé, donde obtuvo el título de bachiller”. Y luego, “luchando brazo a brazo con la miseria”, logró obtener “lucidamente el título de Doctor de la Facultad Nacional en el año de 1888”, cuando rondaba ya la treintena. 

“Ejerció por varios años en Fredonia y allí sentó las bases de una modesta fortuna, en el negocio del café”. Tanto que, alrededor de sus 36, pudo darse el lujo de irse a Europa en “viaje de estudio” y volver un par de años más tarde a radicarse en Medellín. 

Se cuenta que ejerció “brillantemente su profesión”, que fue profesor “de varias asignaturas en la Facultad de Medicina” y redactor de los Anales de la Academia de Medicina de Medellín, en tiempos en que la granalla, el ántrax difuso o las histerectomías desvelaban al gremio. Y fue, además, médico personal de familias poderosas, como la de Ricardo Olano. 

Pero no fueron sus éxitos, títulos o relaciones con la alta sociedad lo que lo hicieron célebre. Sino su “benevolencia y nobleza de corazón”, si creemos en las palabras que acompañan, insistentes, las escasas menciones de su nombre. Según parece, al médico rico nunca lo traicionó la memoria y se entregó a aliviar los pesares de cuantos pobres le cabían en la agenda. Y se terminaría de convertir en leyenda después de que la muerte lo sorprendiera en pleno servicio: falleció “prematuramente en la casa de un paciente pobre”, “cumpliendo con su deber de honrado médico al frente del lecho de la enferma confiada a su cuidado”. 

Su entierro fue multitudinario, y el cortejo colmó las orillas de la quebrada Santa Elena —que quedó retratada aquí también— una mañana (¿o una tarde?) de 1914. No era cualquiera, en todo caso. Era “el médico más democrático que tuvo la Villa”. O eso decían. Porque ya nadie se acuerda. Y de todo eso ya no queda nada, salvo algunos retazos y tres negativos de la Fotografía Rodríguez, resguardados en el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto.

Entierro del doctor Baltasar Ochoa. Fotografía Rodríguez, 1914.