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Noticias del desastre

Archivo Fotográfico BPP

Número 112 Diciembre de 2019

Esta imagen de uno de los incendios del Parque de Berrío hace parte de los elementos identificados en el proyecto Inventario del patrimonio fotográfico mueble en Medellín que realiza la Biblioteca Pública Piloto. Fotografía de Benjamín de la Calle.

El Parque de Berrío, en Medellín, solía incendiarse con mucha frecuencia. Las lenguas largas de café y aguardiente aún se despachan en hipótesis materialistas y mercantilistas para explicar esa vocación por el fuego de la plaza del comercio principal, que rara sí resulta, pero no viene al caso mencionarlas acá, sobre todo con la boca tan seca y la mente tan sobria. Lo que sí es del caso es que, por la razón que fuera, el Parque de Berrío se quemaba tanto que para los fotógrafos locales se convirtió en una rutina ir a retratar las ruinas. Casi podría hacerse una iconografía: el incendio del 12, el del 16, el del 21, el del 59… quién sabe cuántos más. Total que los escombros humeantes se convirtieron en un motivo fotográfico y no tardó mucho para que los fotógrafos empezaran a vender tarjetas postales como suvenires.

Uno de esos incendios, el de octubre del año 1921, para ser precisos, lo usó un enamorado para enviar a Bogotá las noticias de su propio desastre. “Querida Emilia: Estas son las ruinas de dos edificios, derruidos por las llamas, quisiera poder enviarle también un corazón derruido con la ausencia de lo que más quiere en el mundo, pero ningún fotógrafo se atreve a tomar esa vista, no quieren quedar mal, no quieren mostrar tan atroces escombros. Adiós Emilia, este es su corazón”. Firma al pie de la nota el hombre que, como bien puede leerse, es un alma consumida y agónica entre fuegos de desamores y nostalgias, pero cuya rúbrica intencionalmente omitimos para picar de duda al lector y cubrir con velo de anonimato las astucias de este amante.

Tarjeta postal con revés manuscrito.

Bebidas energéticas

Archivo Fotográfico BPP

Número 111 Octubre de 2019

Laboratorios Salomón (1942). Fotografía Rodríguez. 

Hubo un tiempo en el que el yerbatero y el farmacéutico confluían en un lugar común: la botica. Y por extensión, en el boticario. Este personaje, que no era un chamán pero tampoco un químico, fue un personaje fundamental en sociedades del pasado pues era una especie de puente entre el conocimiento ancestral y la técnica moderna. En una ciudad a la vez urbana y rural como fue Medellín por tanto tiempo, en cuya población los médicos de facultad no abundaban, los dueños de botica terminaban ofreciendo la solución para el dolor; para los males diarios: la consunción, el patatús, el colerín calambroso, la tontina, el vértigo lila, el descagalete, el cólico miserere. Con sus polvos en papeleta o sus jarabes en frasquito, el boticario purgaba al lombriciento, espulgaba al niguatero, le devolvía el rubor a la empalidecida. Curaba, en fin, las cosas que padecía la gente de a pie. Tan importante era el boticario que por siglos en toda buena obra literaria o teatral hubo uno en el reparto. Y herramienta fundamental en su gabinete fueron los jarabes reconstituyentes: mezclas de todo lo conocido y de sabor almizclado y astringente para cumplir un único fin: alentar al desganado. El Confortativo Salomón y el Eliminol fueron dos ejemplos de tónicos reconstituyentes que se comercializaron con mucho éxito en Medellín en el despunte del siglo XX, aunque para la época de estas fotos eran ya fabricados con todas las de la ley en los Laboratorios Salomón de Francisco Rojas, dueño de la Droguería Universal, que era la evolución de la botica de antaño. Decía la etiqueta del Confortativo Salomón: “Composición química fosfohemogenciokolarsenito”. ¿Qué significaba aquello? Tal vez ni el mismo creador lo sabía, pero en la línea de abajo el bebedizo prometía “restablecer las fuerzas y el color perdidos”. Y en aquel entonces eso equivalía a ir al hospital.

Publicidad de Eliminol (1937).
Confortativo Salomón (1942).

Los gitanos de Itagüí

Archivo Fotográfico BPP

Número 102 Noviembre de 2018

En la memoria de muchos aún estarán los gitanos de Itagüí. Habitaban un descampado amplísimo, no lejos de lo que hoy es la Central Mayorista, colmado de tiendas como si estuvieran de paso, aunque vivían allí de manera permanente. Habían aparecido hacia el final de la década del cuarenta, tal vez como resultado de los grandes éxodos europeos hacia Suramérica durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Se instalaron y siempre vivieron en calma, aunque los acompañó la sospecha heredada que todos los pueblos del mundo suelen tener de los gitanos: tramposos y raponeros. Y en efecto las lenguas flojas de acá les endilgaron lo de siempre, y, como si fuera poco, le sumaron el robo de niños. Pero no era verdad; solo eran distintos. Hacían la vida trabajando metales, en especial calderos y pailas de cobre, y más tarde se convirtieron en negociantes de mulas y ganado.

Desde luego —qué tal que no— también leían la mano. A las mujeres, que eran fáciles de reconocer por las faldas y los pañuelos —los hombres iban más en ropa de paisano—, se les veía a menudo en el Centro de Medellín, sobre todo andando por Junín. Con mucho poder de persuasión conseguían que los peatones les dieran pesos a cambio de contarles el futuro que tenían labrado en los surcos y las líneas de la palma de la mano. El asentamiento gitano de Itagüí se volvió tan permanente que las toldas se tornaron en casas y el descampado en un barrio, que se llamó Santa María y fue famoso. Las cifras hablan de hasta tres mil personas. Pero con el tiempo las familias originales se mezclaron en matrimonios y uniones con locales, y durante la década del noventa los gitanos empezaron a abandonar Santa María en un proceso natural de dispersión que se extendió hasta principios de este siglo. Se trasladaron a otros sectores del valle de Aburrá, especialmente a Envigado, donde aún vive un pequeño enclave gitano amparado y reconocido como minoría étnica.

Gabriel Carvajal. Sin fecha. Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

Afuera de la plaza

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR • Fotografías del Álbum de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín

Número 100 Septiembre de 2018

La calle Barbacoas en 1910.

Las historias urbanas como las cartografías parten del centro a las periferias. En pocos casos los mapas dan cuenta de lo que está por fuera del reconocimiento oficial. Unas veces los bordes de los mapas se simplifican, se vuelven difusos, pierden claridad; otras, son rotundos, definidos por diversos límites institucionales, ya sean carreteras circunvalares, cotas de servicios, perímetros verdes, jardines, fuera de los cuales no se reconoce la existencia de nada. En cualquiera de los casos son habitados por fuera de donde se ejerce el poder, del escenario para los rituales y controles religiosos, políticos o sociales, incluso, en los umbrales entre legalidad e ilegalidad.

Mientras la historia oficial niega y olvida, la forma urbana incorpora y borra. Pero hay casos en los que las memorias quedan inscritas como vestigios de otras historias no contadas. Fragmentos que resisten y que desde su condición singular nos obligan a mirar con más detalle, a profundizar y comprender dejando de lado lo inmediato y aparente. ¿Qué es la calle Barbacoas, con su recorrido sinuoso y su marginalidad dentro del Centro de la ciudad? La pregunta siempre me inquietó. Ahora entiendo que su actual extensión muestra apenas unos tramos de una más calle más histórica y marginal, condición que aún mantiene pese a que hoy es parte del Centro histórico, y a los intentos por reglarla, tanto en la traza como en las normas del decoro y las buenas costumbres urbanas.

Cuando Francisco de Paula Muñoz en 1870, casi cuatro años antes de escribir El crimen de Aguacatal, por el cual se lo considera un pionero del reportaje en Colombia, realizó una memoria descriptiva de Medellín que se publicó en la Crónica Municipal, hizo referencia a cada una de las quince calles transversales que cruzaban la ciudad de norte a sur, y las trece longitudinales, que lo hacían de oriente a occidente. Como buena parte de las descripciones posteriores, fue minucioso en destacar lo que contenían las calles principales que estaban cercanas a la plaza principal y escueto en las calles más alejadas. Cuando describe el límite norte de la villa lo hace de la siguiente manera: “Hay en Villanueva, que es el nombre dado a la parte habitada en la banda septentrional de la quebrada, tres calles longitudinales anónimas y la de Barbacoas que es el límite de la ciudad por aquel lado”. Era apenas razonable que las tres calles que daban a la nueva plaza, que luego sería transformada y convertida en el Parque de Bolívar, no tuvieran nombre pues estaban recién trazadas y construidas, contrario a Barbacoas que ya era una calle antigua, la frontera urbana al norte, la que menciona pero no le da ninguna importancia y por tanto no la describe. Lo mismo hizo al momento de la descripción de la calle Girardot, la que consideraba que simplemente remataba en una calle sin nombre, en el mismo barrio El Chumbimbo que, con su sonoro nombre, no pareciera formar parte del plano urbano descrito, en tanto señalaba Muñoz no tenía nombre oficial. Estaba pero no era. El nombre vulgar no era comparable con los nombres patrióticos otorgados a las demás calles principales, por lo tanto allí no habitaban personajes, ni contaban con arquitecturas significativas, no había nada que resaltar. Solo anonimato.

Las crónicas y las historias de Medellín narran el crecimiento hacia el norte cuando se construyó el puente sobre la quebrada Santa Elena, superando así este límite al prolongar la denominada calle del Resbalón para convertirla en la carrera Junín, que remataba en la plaza de Villanueva, descrita por el mismo Muñoz como “espaciosa, regular y reciente… un cuadrado de 150 metros de lado, excluyendo el espacio que ocupará la iglesia que se pretende construir; el piso ha sido recientemente nivelado y encascajado; y está rodeado de árboles recientemente sembrados”. La plaza era el centro del proyecto de urbanización que se promovió desde 1848 en tierras del inglés Tyrrel Moore, las que la historia rosa dice haber regalado a la ciudad. Al proyecto se le llamó Nueva Londres, pero se le conoció “vulgarmente”, al decir de Muñoz, como Villanueva; no obstante este era un proyecto que reemplazó a otro aprobado por el Cabildo en 1837 y que se comenzó a trazar en 1840, promovido en gran medida por los emergentes artesanos que para entonces comenzaron a tener importancia política y llegaron hasta aquella instancia pública.

El proyecto de Nueva Londres con su traza y pretensiones de un barrio burgués negaba todo el poblamiento anterior. Se ha dicho que entre las quebradas Santa Elena y La Loca no había mayor poblamiento, y los cronistas dan cuenta de algunas casuchas de pobres, de mala factura e infectas, a las que se llegaba por caminos estrechos y pedregosos o por lodazales. De ahí que surgía allí una Villanueva, cuando en realidad había una amplia ocupación cuyo arco espacial iba desde el occidente, con el camino de Guarne, hasta encontrarse al norte con la calle Barbacoas; esta era el límite norte y se prolongaba hacia el occidente hasta encontrarse con el Camino del Monte (hoy carrera Bolívar) que era la salida al norte de la antigua villa, cruce donde estaba ubicada una guarnición, al lado de la cual se ubicó el primer cementerio. La calle Barbacoas se prolongaba más al occidente hasta cruzar en la parte baja de la quebrada Santa Elena, para salir arriba de la iglesia de San Benito.

Pero había dos cosas relevantes en este gran espacio ignorado. La primera, que allí estaba contenido el barrio El Chumbimbo, limitado por una calle del mismo nombre por el oriente (hoy la carrera Girardot), la calle Barbacoas al norte, el camino de Guarne al oriente y al sur la quebrada Santa Elena, pero el cual era cruzado por un callejón paralelo a la Santa Elena, conocido como Niguateral, luego calle El Guanábano (hoy Maracaibo), que se encontraba con el camino de Guarne en donde hoy es el Parque del Periodista. Esta parte fue conocida en una época como barrio Guarne, pues era la salida de Medellín por el camino de Guarne, que luego de encontrarse con la calle Barbacoas, se llamaba camino de La Ladera, para dar inicio al ascenso bordeando el cerro Pan de Azúcar, llegar al Alto de Mora, la laguna de Guarne y seguir por la ruta del altiplano del oriente.

Precisamente la segunda cosa relevante es que las orillas del camino de La Ladera eran habitadas y en ciertos puntos había barrios y lugares con una importante población como La Aguadita —hoy parte del barrio Enciso—, el Pasaje del Infante o el Callejón del Mico. Lugares singulares no solo por su nombre, sino por la misma configuración de los sitios o las actividades que desempeñaban sus habitantes; por ejemplo, el Callejón del Mico era una calle tan estrecha que solo tenía 1.80 metros de ancho y apenas ochenta metros de largo, pero era “profusamente habitado”, como lo narró Alberto Bernal Nicholls en su Miscelánea sobre la historia usos y las costumbres de Medellín (1980); mismo que nos dejó constancia de que La Aguadita, por el nombre de la quebrada, era un barrio muy poblado y lo habitaron “tejedores de lana que fabricaban alfombras y gualdrapas y objetos preciosos por su delicado tejido y por la variedad y combinación de colores”.

Una población formada por mulatos, mestizos, negros libertos o blancos pobres, pero que no fueron tenidos en cuenta por su condición social, considerada inferior, no solo por el color de su piel sino por sus apellidos, como bien lo describió uno de los cronistas de la ciudad, Carlos J. Escobar, en Medellín hace 60 años (2003), escribiendo desde su propia centralidad: “Después de la dicha ‘quebrada’ de ‘La Loca’, había un pequeño caserío compuesto de ocho o diez ranchos de bahareques y techados con pajas, donde vivían las familias de los Chalarcas, los Veras y los Vegas, pero no pertenecientes aquellos apellidos, ni a los Alarcas, ni a los de Vera, ni a los de Vega, no, ellos eran del arroyo de ‘La Loca’..”; además de no tener apellidos ni abolengos eran tenidos por peleadores y cada sábado según el cronista resultaban dos o tres heridos entre ellos mismos. Pero, en general, por aquellos asentamientos periféricos estaban los labradores, jornaleros, arrieros, tratantes, talabarteros, plateros, sastres, tejedoras, maestros de obra, tapieros, herreros o músicos de Medellín. El camino era el que posibilitaba comunicarse con la ciudad, y permitía por igual llegar a las fincas y casas de campo como la famosa de La Ladera, o a los ranchos, casas o barrios como los descritos, en donde también se ubicaban talleres, tenerías y guarnecerías, lo mismo que pulperías, tiendas, estanquillos y cantinas, de las últimas algunas que se hicieron famosas como La Mar y sus Conchas.

Allá afuera de la plaza también había vida. Los caminos que salían de la misma o llegaban a ella, desde el sur por el camellón de Guanteros y La Asomadera; el oriente, por la Santa Elena o por La Ladera; el norte, por el Camino del Monte y el Llano de los Muñoces, o desde occidente, por la calle por real de San Benito, eran habitados por aquellos que cumplían los oficios en sus propias viviendas, en los sitios inmediatos —ya en los tejares o los salados—, pero también por los que iban a trabajar en los oficios de las casas del marco de la plaza o a vender lo que producían en el mercado de la plaza, primero en la principal, luego en la de Flórez y después en Guayaquil. Ese era el mercado formal. La ruta que llevaba a la plaza, a la misa y al control policivo. Pero había otras rutas que no pasaban por la plaza, y una de las principales fue la San Benito- Barbacoas-La Ladera; esta ruta de occidente a oriente, luego de pasar el río Medellín, no seguía el camino real, sino que se evadía por un callejón lateral en el barrio San Benito para vadear la quebrada y conectar con Barbacoas. Ruta de contrabando de mercancías, armas y, sobre todo, licores, especialmente después de 1788 cuando se instaló la fábrica de aguardientes en Medellín, por lo cual se incrementaron los controles para evitar los fraudes. Tanto en Sopetrán al occidente, al norte en Barbosa, como en Guarne al oriente era famosa la producción doméstica e ilegal de aguardiente y tapetusa, de ahí que esta fuera una de las rutas socorridas para evadir y aprovisionar, y de ahí también los intentos de control con la ubicación de los guardas de estancos por estos lados del norte.

Pero la calle de Barbacoas, con sus conexiones de El Chumbimbo, Guarne y La Ladera, fue lentamente incorporada al orden urbano y a la estructura formal, iniciando por la conversión de El Chumbimbo en la carrera Girardot, y El Guanábano renombrada calle Maracaibo; siguiendo con la construcción de la nueva catedral en el barrio Villanueva, levantada sobre la propia quebrada La Loca, y la apertura de nuevas calles que implicó que los Chalarcas, Veras y Vegas no se extinguieran en las peleas semanales sino que fueran desplazados junto a sus vecinos. De la nueva catedral en construcción hacia el oriente, sucesivas urbanizaciones fueron eliminando los trazos originales de la calle, ya por el nuevo barrio Boston alrededor de la plaza Sucre a partir de 1888, entre el Camino de Guarne y la quebrada La Aguadita; o el barrio La Independencia promovido por Manuel de J. Álvarez en 1898, que supuso el desarrollo de la avenida Echeverri precisamente sobre la misma Barbacoas cambiando su nombre y rectificando tres cuadras con un ancho de veinte metros, hasta el cruce con Girardot; luego este mismo promotor realizó el barrio Majalc, acrónimo de su nombre; entre 1904 y 1919, el barrio La Ladera, que incluyó la apertura de la calle Cuba, sobre la que quedó la casa de Heliodoro Medina (hoy teatro del Águila Descalza), construida mucho antes del desarrollo del barrio Prado; y, a partir de 1920, la construcción del barrio Villa Hermosa, que termina por ordenar, higienizar y barrer los antiguos asentamientos del camino de La Ladera. Lo mismo sería de la catedral hacia occidente, desde 1872 con la apertura de la calle La Paz, detrás de la catedral, y así sucesivamente con la prolongación de las calles que conectaron el Parque de Bolívar con el nuevo y residencial barrio Prado en la década de 1920, especialmente las carreras Ecuador y Palacé; al igual que la apertura de la avenida Juan del Corral en 1932, que sirvió de corredor a la Exposición Industrial que ese año tuvo como sede los pabellones del Hospital San Vicente de Paúl; o el ensanche de Carabobo en la década de 1940.

Así, las nuevas aperturas, ensanches y rectificaciones aportaron su parte para que la calle Barbacoas fuera perdiendo su continuidad. Cada vez más cercenada no podía percibirse en su totalidad, quedando reducida aparentemente a unas pocas calles. Pero basta mirar el mapa de Medellín, desde la calle Tejelo, en la plaza Rojas Pinilla, siguiendo por la llamada calle del Calzoncillo, hasta la parte más reconocida de la calle Barbacoas pasando por detrás de la catedral, salvando la avenida Oriental hasta la avenida Echeverri y continuar por Enciso arriba… para entender su lógica y la permanencia en sus fragmentos de unas determinantes geográficas, históricas y, aun, sociales. Todavía en el Centro siguen habitando las periferias, ahí por los laditos…

Panorámica de Medellín en 1910. Al fondo, el camino.

El Atanasio

Archivo Fotográfico BPP

Número 98 Julio de 2018

Estadio Atanasio Girardot. Gabriel Carvajal, 1952.
Proyecto estadio Atanasio Girardot por Nel Rodríguez.
Fotografía Rodríguez.

Antes de la construcción del estadio Atanasio Girardot el fútbol en Medellín se jugaba en mangas más o menos adaptadas para que rodara un balón: en la grama interior llena de parches de arenilla del antiguo hipódromo San Fernando, por ejemplo, que en realidad quedaba en Itagüí. Así fue hasta 1937 cuando se puso en consideración un proyecto para construir un estadio con todas las de la ley. Pero fue solo en 1946 que se adquirieron los terrenos para hacerlo: unos lotes inmensos en una zona llena de descampados que se llamaba Otrabanda y donde se planeaba levantar “el Medellín del futuro”. El proyecto de estadio no consistía solamente en una gramilla con tribunas, sino que era una amplia ciudadela deportiva con varias canchas para más deportes, adornada con bulevares y plazoletas como bien puede verse en los dibujos hechos por el arquitecto Nel Rodríguez — una vista general del estadio y el detalle de la circulación bajo las graderías— y en la maqueta a escala, que es de 1940.

Como suele pasar, todo el proyecto se retrasó y en marzo de 1953 se entregó un estadio solitario. Pero Medellín tuvo por fin un lugar para que sus equipos jugaran fútbol de manera decorosa y eso alegró a la gente. Luego, año a año, se fueron construyendo e integrando otros escenarios hasta conformar la Unidad Deportiva Atanasio Girardot que conocemos hoy en día.

Estadio Atanasio Girardot. Gabriel Carvajal, 1952.
Proyecto estadio Atanasio Girardot. Fotografía Rodríguez.

Primeros planes

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR

Número 96 Mayo de 2018

Carrera Bolívar. Gabriel Carvajal, 1968. Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.

Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.

En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.

Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.

Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.

Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.

La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.

La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.

El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.

Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.

Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.

En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.

Carrera Bolívar. Juan Fernando Ospina, 2017.

por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Yo, Medellín, tuve una gestación anormal. No nací como muchas ciudades y pueblos, no fui fundada, y por eso no existe acta o documento oficial que diga que nací. Yo era un valle interandino, aluvial, muy distinto de otros conocidos. Los indígenas o naturales de mi seno, agricultores, cazadores, textileros y salineros, me llamaban Aburrá.

Regular lo irregular

Archivo Fotográfico BPP

Número 91 Octubre de 2017

Pocas figuras tan controvertidas y tan influyentes en la historia urbanística del país como las que representan los nombres del catalán Josep Lluís Sert y los suizos Paul Wiener y Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Este último —reconocido por ser el pionero del urbanismo del siglo XX y uno de los exponentes de la arquitectura moderna y del estilo internacional— diseñó más de veinte ciudades en el mundo. Vino cinco veces a Colombia, entre ellas una a Medellín, diseñó un plan de urbanización para Bogotá e influyó tangencialmente en el Plan Regulador de Medellín, o sea, la traza de nuestra “Tacita de Plata” no pasó inadvertida por su cerebro.

La propuesta para la capital antioqueña incluyó la canalización del río y la articulación de la ciudad en torno a aquel, el reordenamiento del Centro y la construcción de un nuevo foco administrativo —que derivó en la creación del aún vigente centro administrativo La Alpujarra—, el control de los asentamientos en las laderas —lo que hoy se entiende como el Cinturón Verde— y la construcción de la zona deportiva del estadio Atanasio Girardot.

Si bien el Plan Piloto de Wiener y Sert no es el primer referente de planificación urbana de la ciudad —lo es el renombrado Plano de Medellín Futuro, realizado en 1913 mediante una convocatoria gestada por la Sociedad de Mejoras Públicas—, sí es el más significativo y determinante de nuestra ciudad actual. Diseñado entre 1948 y 1952, define paralelamente el Plan Regulador de la ciudad, que tardó casi diez años en ser estructurado (1958- 1960) para servir de herramienta de la planeación urbana integral.

Le Corbusier en Medellín.

A partir de este, muchos de los proyectos de la planificación urbana hasta nuestros días fueron ejecutados y otros comenzados, pero la ausencia de una legislación urbanística a nivel nacional y el enorme e inesperado crecimiento demográfico de la ciudad en el período 1950-1980 hicieron que la propuesta del Plan Piloto no pudiera ser implementada por completo. Sin embargo, este se eleva como referencia primera de la influencia de la modernidad aplicada a las ciudades latinoamericanas y como modelo específico de planificación y ordenamiento urbano para Medellín.

Los informes, planos, correspondencia y documentos complementarios a este y otros proyectos de desarrollo urbano se pueden consultar en los Centros de documentación del Departamento Administrativo de Planeación Municipal actualmente ubicados en el Archivo Histórico de Medellín y en la Biblioteca Pública Piloto.

Rueda la bola

1910-1947

por JUAN MANUEL URIBE

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna

Enero de 2017

La cancha de Miraflores, testigo del crecimiento del fútbol en Medellín, 1927. ¿Qué tal la pinta del árbitro?. Fotografía de Carlos Serna.

Cien años después de la Independencia llegó a Me­dellín un nuevo invasor: el fútbol. Vino en forma de pelota, una vejiga envuelta en una piel de cuero, tan pesada cuando se mojaba que ni el más temible caño­nero de aquellos tiempos era capaz de levantarla con un golpe del empeine. La trajo Guillermo Moreno, un antioqueño de familia pudiente, comerciante, viajero, aventurero como todo buen arriero. Los primeros pica­dos se llevaron a cabo en el Bosque de la Independen­cia y luego en la Manga de los Belgas. Armaban arcos con palos y piedras, y jugaban entre amigos. Los testi­gos eran simples parroquianos que, como atortolados, se quedaban con la boca abierta por ver a aquellos jó­venes de “buena pinta” corriendo detrás de una extraña esfera cosida como un zapato.

Así comenzó la historia del fútbol en la capital antioqueña. Y así dio inició el recorrido del balón por nuestras mangas, calles y canchas primerizas. La pe­lota cruzó el mar para ser amansada por jóvenes ex­tranjeros que vivían en esta comarca, y luego pasó a los pies de antioqueños y migrantes internos, quienes le dieron un sello propio a ese novel deporte que ya se había convertido en epidemia en toda Europa.

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Oficialmente el fútbol tuvo su origen en 1863, en Ingla­terra, cuando se fundó la asociación de fútbol de ese país. Sin embargo, hay registros de juegos con pelota en diferentes partes del mundo, al menos cuatro siglos antes de que los ingleses lo formalizaran. En Suraméri­ca llegó primero a Argentina, Brasil y Uruguay.

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En la primera década del siglo XX en Medellín se ju­gaba en el Bosque de la Independencia, construido en homenaje al centenario del 20 de julio de 1810; la construcción la autorizó el Concejo Municipal en 1913 y la Sociedad de Mejoras Pú­blicas lo inauguró en 1915.

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El primer equipo creado en Medellín, por iniciativa de los comerciantes suizos Juan Heiniger y Jorge Herzig, fue el Sporting en 1912 (el Barranquilla F.B.C., el primer conjunto de fútbol de Colombia, data del 4 de diciembre de 1909).

Todo listo para el saque inicial en la Manga de los Belgas, 192?. Fotografía de Carlos Serna.

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La creación del Medellín se registró el miércoles 21 de enero de 1914. Ese mismo año se pasó a jugar en la llamada Manga de los Belgas, situada donde estaba comenzando la construcción del Hospital San Vicente de Paul, y el nombre se debía a que ahí pastaban las mulas que arrastraban el tranvía de sangre de la empresa colombo-belga.

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Hay documentos que registran un partido entre el Medellín y el Sporting, con triunfo de este último, el sábado 9 de mayo de 1914. También quedó registrada la revancha ante los místeres, calificada de inolvidable. Siete días después se hizo un partido de festejo por la visita del presidente de la república Carlos E. Restrepo.

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En la Manga de los Belgas se jugó el domingo 29 de noviembre de 1914, a las cuatro de la tarde, el primer partido interdepartamental que se hizo en la ciudad. Se enfrentaron Bartolinos, equipo del colegio jesuita de San Bartolomé de Bogotá, y el Sporting criollo. Los bogotanos llegaron por tren, con transbordo de la estación El Limón a la de Santiago, pues todavía no existía el túnel de La Quiebra. El partido, olvidable según parece, se dirimió con un empate sin goles.

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En junio de 1915 los jesuitas compraron al empresario Coriolano Amador la finca Miraflores, en el barrio Buenos Aires. El 28 de mayo de 1916 estrenaron allí una cancha con un partido entre el Sporting y el Club Antioquia, primer equipo del colegio jesuita fundado en 1914.

Fotografía de Carlos Serna.
Partido en la cancha de Miraflores, 1926. Fotografía de Carlos Serna.

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Con la construcción del Hospital San Vicente de Paul la Manga de los Belgas cerró sus arcos y se pasó a jugar al frente, en el campo llamado El Carretero, de propiedad del Sporting (allí se edificaría la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia). Antonio Zapata, presidente del club Albión (1916), recibió una carta fechada en Montevideo el 10 de mayo de 1919 y firmada por el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Héctor Rivadavia Gómez, que lo invitaba a afiliar al fútbol colombiano a la Conmebol que ya contaba con Argentina, Uruguay, Brasil y Chile.

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En septiembre de 1923 comenzó a jugarse la Copa Jiménez Jaramillo, organizada por la Gobernación de Antioquia, y por tanto bautizada con los apellidos del gobernador de entonces. Se jugó en la cancha El Carretero. Fueron seis los oncenos enfrentados: Peralonso, Colombia, El Trece, Star, ABC y Medellín. El ganador fue Medellín, cuyo uniforme era de franjas verticales carmelitas y blancas.

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El primer intento de estadio fue una tribuna en la carrera Carabobo, llamada Estadium Municipal e inaugurada el 31 de agosto de 1924. Allí el Boyacá le ganó 1-0 al Nariño. La vida de ese sitio fue efímera. En 1924 se volvió a jugar la Copa Jiménez Jaramillo, sin la resonancia de la anterior y sin que la prensa reseñara los marcadores.

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En 1925 el rector de la Universidad Nacional, Carlos Gutiérrez, donó una copa y con ella se disputó el torneo Gutiérrez. Jugaron Junín, Universidad de Antioquia, Ayacucho y San Ignacio. El jueves 25 de marzo de 1925 se jugó en Miraflores un partido que el Medellín le ganó al Star por 3-2

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El 24 de julio de 1925 un combinado de antioqueños, reunido a manera de selección local, derrotó 9-0 al visitante Colegio Ramírez de Bogotá. En 1927 vino una representación de Santa Marta y ese mismo año fue una de Medellín a Bogotá. Es evidente que había copas, partidos e intercambios, pero la prensa bajó la guardia a la información certera del fútbol en Medellín. Había pasado la novedad de los viajes y los enfrentamientos entre las escuadras.

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En diciembre de 1928 y enero de 1929 se disputaron los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali y el fútbol se jugó en el estadio Versalles. A la ciudad de Medellín la representó el Medellín F.B.C. Jorge Herzig fue el entrenador y llevó a jugadores como Carlos Congote, Arturo Echavarría, Cipriano Torres, Fabio Jiménez, Jesús Arriola, Alberto Molina, Diego Restrepo, Ignacio Arriola, Samuel Uribe Escobar (capitán), Pedro Justo Berrío y Jorge ‘Imanao’ Londoño. La final la ganó Santa Marta a Barranquilla 2-0.

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Aquel Medellín F.B.C., conocido como de “los ricos”, pues casi todos eran profesionales como el médico Samuel Uribe Escobar, se acabó en 1930, coincidiendo con la popularización del balompié, pues ya lo jugaban los llamados “artesanos”, los ciudadanos que ejercían los oficios aprendidos con el trabajo diario: tenderos, zapateros, albañiles, carpinteros. Esto hizo al fútbol el deporte más jugado y más visto en todas partes.

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El 26 de octubre de 1929 se instaló la junta de Fedefútbol, hoy Liga Antioqueña de Fútbol. Desde su creación, comenzó a jugar sus torneos en el hipódromo Los Libertadores, donde hoy está el barrio San Joaquín.

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El primer partido en Los Libertadores se jugó el 24 de febrero de 1929, a las tres de la tarde, entre el Ciclista Lima Association y el ABC local. Ganaron los peruanos 9-0. Desde ahí empezó la fama de los peruanos en Medellín y en Colombia. Entraron por Barranquilla, navegaron por el Magdalena, de Puerto Berrío a Medellín, a Bogotá, a Cali y salieron por Buenaventura. En octubre de 1929 vino otro equipo peruano, el Chancay, le ganó al Junín 12-1 y al Medellín por 4-1. En julio de 1930 volvió el Ciclista Lima y le ganó al Deportivo por 4-0. Los equipos peruanos no volverían hasta 1941 cuando ya se habían curado las heridas el conflicto entre Colombia y Perú, que empezó cuando los peruanos invadieron Leticia el 1 de septiembre de 1932.

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En 1926 Jesús María ‘el Cura’ Burgos creó en Niquitao un equipo con muchachos del sector, lo denominó Romano y le puso camiseta roja. Lo renombró Real Madrid y lo entró a la liga en 1930. En el 32 se ganó la segunda categoría y al ascender a primera división en 1933 Burgos denominó a su equipo Medellín F.B.C., tomando el nombre que había quedado sin uso. En 1935 hay fotos del equipo con las franjas horizontales rojas y blancas, pero volvió al rojo completo que terminó por imponerse. Ese es el Medellín que llegaría a ser fundador de la Dimayor en Barranquilla el 26 de junio de 1948.

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El primer campeón de la Liga Antioqueña fue el Colombia, en 1930, seguido del Unión. En el 31 fue campeón el Deportivo y segundo el Colombia Junior. En el 32 ganó el Colombia y segundo el Colombia Junior. En el 33 ganó el Deportivo y subcampeón fue el Colombia Junior. En los tres años siguientes la Liga no realizó el torneo de primera.

Es por eso que en 1936 el Cura Burgos armó una larga gira nacional. Fue el último año de Burgos en el Medellín. Lo remplazó Leo Hirsfeld, el entrenador alemán que dominó el torneo de la liga de 1937 a 1945, ganó ocho de los nueve campeonatos, solo perdió el de 1941 con Huracán y fue en el escritorio: Medellín no se presentó a la final como protesta por considerar injusta una sanción a su capitán, Alfonso Serna. Los últimos dos campeonatos antes del profesionalismo los ganó el Deportivo (el mismo que venía de 1930) y el Victoria, uno de los nuevos equipos del Cura Burgos.

Equipo Colombia, primer campeón de la primera categoría de la Liga Antioqueña de Fútbol, 1930. Fotografía de Melitón Rodríguez.

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La lista de jugadores de esa época es interesante y hubo cracks reconocidos como el portero Carlos Álvarez, José ‘Mico’ Zapata, Luis Patiño, cuyo apodo era famoso: el Bailarín Pirata; Gabriel Mejía, Julio ‘Chonto’ Gaviria, Alberto ‘el General’ Villa, los hermanos Echeverri (los Irras) y Jaime ‘Manco’ Gutiérrez. También era técnico de la liga Fernando Paternóster, quien había sido traído por la Asociación Colombiana de Fútbol, Adefútbol, para dirigir la selección de los I Juegos Bolivarianos de julio y agosto de 1938 en Bogotá.

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El primer campeonato nacional de fútbol (fuera de los Juegos Nacionales), dirigido por la Adefútbol, se jugó en 1938 en Medellín, del 19 de noviembre al 4 de diciembre. Lo ganó Antioquia, con la base del Medellín F.B.C., ambos dirigidos por el entrenador alemán Leo Hirsfeld. La final se la ganó Antioquia a Atlántico con marcador 2-0.

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El 9 de julio de 1944 hubo un incidente que dejó dos muertos y numerosos heridos en el hipódromo Los Libertadores. Se iba a jugar el partido entre Medellín y Huracán, el clásico de entonces. El silbato Gilberto Piedrahíta llamó a los jugadores al campo. El Medellín salió completo pero Huracán solo salió con siete jugadores. El árbitro permitió que Manuel Marín anotara el gol para ganar por W.O. Luego Huracán, reforzado y completo, propuso jugar un partido amistoso, pero se creyó que sería oficial. Medellín se negó a jugar el partido. Hubo protestas, se exaltaron los ánimos, dañaron las tribunas de sol, los altoparlantes rodaron por el suelo y la policía comenzó a disparar. Fue el caos y se responsabilizó y detuvo al oficial encargado. El estadio se reabrió el 18 de septiembre con el partido que el Medellín le ganó 3-1 al Unión Indulana.

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El hipódromo San Fernando fue inaugurado el 22 de febrero de 1942. Y Los Libertadores quedó solo para el fútbol hasta 1948 cuando fue vendido para la construcción del barrio San Joaquín. En 1944 se jugó un partido de fútbol en San Fernando entre antioqueños y samarios, pero no se volvió a hacer hasta el profesionalismo, por lo “lejos” que quedaba del Centro de Medellín. Cuentan personas del fútbol como Humberto ‘Tucho’ Ortiz y Rodrigo Fonnegra que se llegaba caminando y la entrada era por debajo de cuerda para ver los partidos.

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El equipo Unión, casaca roja y pantaloneta blanca, apareció en la liga en 1941. Al año siguiente ganó la segunda categoría y al ascender a primera se fusionó con el Indulana, equipo que le aportó el color negro. El nuevo nombre fue Unión Indulana, que jugó en primera los tres torneos de 1943 a 1945 y cuya casaca al principio fue verde al lado derecho y rojo al izquierdo. En 1946 se acabó la alianza entre los dos equipos y el Unión jugó con su viejo nombre, pero ya usaba la casaca verde y la pantaloneta granate.

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El 30 de abril de 1941 se fundó la sociedad del Atlético Municipal por la escritura pública número 2 100. La sociedad presidida por el ingeniero Alberto Villegas Lotero hizo una jugada maestra: para tener cupo de una vez en la primera división de la liga, les dijo a los jugadores del Unión que entraran a jugar para el Municipal con el pago de sueldos, es decir, profesionalmente. Y se incorporó al Municipal el uniforme verde y granate.

Campeones nacionales por primera vez. En aquella época se jugaba con cinco delanteros. Fotografía de Jorge Obando.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín.

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por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Si quieren saber cómo cambió y engordó mi figura, miren un retrato que se me hizo en tiempos de la preguerra. Observen cómo estaba poblada mi ciudad quebrada arriba y quebrada abajo. No digo mucho de los solares húmedos cercanos al río, o de las malolientes orillas del zanjón de Guanteros.