1954
Mundial Suiza

Final Alemania – Hungría. Tomada de www.plus.fifa.com.

Se cumplían cincuenta años de la Fifa y el mundial volvía a casa. Suiza, neutral durante la Segunda Guerra, era la sede obvia para una Europa todavía en reconstrucción. Fueron 16 selecciones, el primer campeonato con transmisión de televisión para ocho países, se hacen cuentas de cinco millones de televidentes para el partido inaugural entre Francia y Yugoeslavia. Se jugaron las primeras eliminatorias en Asia y Suramérica. Después de la prohibición para estar en el mundial de Brasil, Alemania regresaba a la competencia. Por América solo estuvieron Brasil, México y Uruguay. Argentina seguía de pelea con la Fifa desde la huelga de futbolistas de finales de los cuarenta y decidió incumplir la cita.

Se formaron cuatro grupos y se ideó un sistema con dos cabezas de serie por grupo, elegidos a dedo, que no se enfrentarían entre sí. De modo que en fase de grupos cada equipo jugó solo dos partidos. En los cuartos de final, Hungría, el gran favorito que sumaba 30 partidos sin perder, eliminó a Brasil. Uruguay a Inglaterra, República Federal Alemana a Yugoslavia y Austria a Suiza por un estrambótico 7-5. En esos 4 juegos se marcaron 26 goles. Ya sabemos por qué es el mundial con mayor promedio de goles de la historia: 5.38 por encuentro.

Hungría, con el poder de József Bozsik, Sándor Kocsis y Ferenc Puskás, venció 4-2 a Uruguay en el estadio de Lausana. Llamaba la atención el atuendo de los jueces que más parecían reverendos en la iglesia que réferis en el campo. Se dio la lógica. Hungría sumaba cuatro años sin perder, en 1952 se había colgado el oro olímpico en Helsinki y un año después había vencido a los ingleses en casa, profanando Wembley con un 3-6 y siendo el primer equipo en ganar de visita a los inventores del football. Uruguay sufría su primera derrota en un mundial. En la otra semifinal Alemania se dio un paseo con Austria al derrotarlo 6-1. En todo caso la derrota fue menos dolorosa que la reciente anexión.

Todo estaba listo para la final en Berna. Una encuesta previa entre 40 periodistas dio a Hungría una ligera ventaja de 39-1. Para muchos era cuestión de trámite, en la fase de grupos los húngaros habían vencido 8-3 a los germanos. Y jugando con 10 durante 30 minutos por la lesión de Puskás en tiempos en los que no había cambios. Llovía en Berna y la cancha del Wankdorf Stadium, con capacidad para 62 000 espectadores, era un barrial. Los alemanes estrenaban sus guayos con taches intercambiables. La lluvia era su aliada para el juego aéreo. Tanto que llovía y se hablaba del “tiempo de Fritz Walter”, nombre del entrenador alemán. A las 5:00 p. m. se dio el pitazo inicial y todo comenzó según el libreto del favorito. A los 8 minutos Hungría ganaba 2-0 con goles de Puskás y Czibor. Al parecer los húngaros ya se sentían campeones. Pero Alemania reaccionó muy rápido y antes de los veinte minutos había empatado el juego con goles de Max Morlock y su figura Helmut Rahn. En el segundo tiempo Hungría tuvo al menos seis opciones claras de gol, salvadas en la raya, tiros en los palos, atajadas increíbles del arquero Toni Turek. Y desde esos tiempos funciona eso de “el que nos los hace los ve hacer”. A seis minutos del final un remate debajo de Rahn batió al arquero. Celebraba el único periodista que había dado a Alemania campeona. Al final Puskás anotó el empate que el árbitro inglés anuló por fuera de juego.

Se había hecho “el milagro de Berna”. Alemania era campeona por primera vez en su historia. Las culpas y humillaciones después de la guerra tenían un pequeño antídoto. “De repente, Alemania volvía a ser alguien. Para cualquiera que creciese en los terribles años de posguerra, Berna resultaba una inspiración increíble. Todo un país recuperó la autoestima”, diría años después Franz Beckenbauer.

Hungría perdía su invicto y un reinado que merecía. Los 30 partidos sin perder fueron una marca vigente hasta que la Argentina de Diego Simeone, Fernando Redondo y Gabriel Batistuta sumó 31 encuentros invicta entre la final de Italia 1990 y la derrota por 2-1 ante Colombia en Barranquilla en 1993.

Queda el llanto de los magiares mágicos en la voz del delantero Zoltan Czibor: “Nunca ha habido otro equipo como el nuestro. No solo ganábamos, sino que derrotábamos con claridad a equipos realmente potentes. Las estadísticas no mienten. Solo perdimos una vez en cincuenta partidos. Por desgracia, fue en el partido más importante de nuestra vida. Es una tragedia”.

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Una exposición de la Universidad EAFIT con la curaduría e investigación de Universo Centro