2016
28 de noviembre
Accidente del Chapecoense
Homenaje al Chapecoense en Medellín. Fotografía de Juan Fernando Ospina.
Atlético Nacional y Chapecoense avanzaron con autoridad a la final de la Copa Suramericana de 2016. Los brasileros dejaron atrás a Cuiabá, Independiente de Avellaneda, Junior de Barranquilla y San Lorenzo de Almagro. Nacional por su parte avanzó luego de vencer a Municipal del Perú, al Bolívar de La Paz, al Sol de América paraguayo, a Curitiba y Cerro Porteño. El equipo colombiano, vigente campeón de la Libertadores, era el favorito para el duelo final.
El 28 de noviembre los brasileros despegaron en la tarde del aeropuerto internacional de Guarulhos en Sao Paulo, en el vuelo OB739 de Boliviana de Aviación, con destino al aeropuerto de Viru Viru, en Santa Cruz de la Sierra. Allí cambiaron al avión de Lamia para continuar el viaje hasta el José María Córdova en Rionegro. Ese inusual itinerario se hizo para poder volar en un vuelo chárter con la aerolínea boliviana LaMia. Volar de Sao Paulo a Rionegro en una aerolínea que no fuera ni brasilera ni colombiana estaba prohibido por disposiciones internacionales.
A unos veinte kilómetros de la pista del aeropuerto de Rionegro, el piloto de la aeronave que transportaba al equipo brasilero Chapecoense y a un grupo de periodistas, volaba en picada a nueve mil pies, cuando la altura que debería tener en ese punto del recorrido era de diez mil pies. Antes de colisionar contra Cerro Gordo, en el municipio de La Unión, sin combustible y con falla eléctrica total, el avión se quedó completamente a oscuras. En el instante final de sus vidas, los pasajeros no vieron nada más.
Los últimos tres minutos y 45 segundos, el avión de Lamia planeó sin reactores. En un desesperado intento por superar el cerro, a escasos trece kilómetros del aeropuerto, el piloto levantó la parte delantera del avión. Entonces ocurrió el impacto a unos 230 kilómetros por hora. La cola chocó contra el filo de la montaña y partió la aeronave en dos.
El resto del fuselaje salió catapultado y cayó sobre la pendiente deslizándose como una avalancha que atraviesa un bosque. Por acción de la gravedad las sillas se precipitaron hacia adelante al tiempo que centenares de árboles perforaban el casco del avión y herían a sus ocupantes, convirtiendo todo en un amasijo de latas, palos y cuerpos.
Venían por gloria y a cambio los condujeron a la muerte. De repente, fuimos testigos de la caída y muerte de 71 personas: diecinueve jugadores, seis integrantes del cuerpo técnico, veinte periodistas, diecinueve acompañantes y siete miembros de la tripulación. Tres jugadores, dos tripulantes y un periodista sobrevivieron al impacto.
El comandante de la aeronave, Miguel Quiroga, era también copropietario de la aerolínea. Luego del accidente se descubrió que era usual en sus viajes viajar con el combustible al límite. Dos semanas antes habían transportado a la selección argentina con mínima reserva de combustible más allá del tiempo de vuelo estimado. Para llegar a Rionegro la tripulación decidió no hacer escala para retanqueo ni en el aeropuerto Alfredo Vásquez Cobo de Leticia ni en El Dorado en Bogotá. Además, en la zona de aproximación de la pista del José María Córdova el piloto omitió comunicar sus problemas de combustible para lograr prioridad. Cuando anunció “emergencia por combustible” ya era muy tarde. Se le autorizó viraje a la derecha para buscar la pista y los motores comenzaron a apagarse uno a uno. En la cabina nadie sabía qué estaba pasando, los jugadores descansaban mientras piloto y copiloto planeaban a ciegas. A las 11:57:10 el piloto del LMI2933 informa “falla total, sin combustible” y a las 11:58:42 se escucha la última comunicación, pidieron “vectores” para el aterrizaje.
En pocas ocasiones una ciudad se entrega a un duelo colectivo con tanto sentimiento como lo hizo Medellín el 30 de noviembre de 2016. Con excepción de la muerte de Andrés Escobar, esta ciudad, donde han ocurrido tragedias de todo tipo, con miles de muertos acumulados tan solo por la violencia de las últimas décadas, se ha negado a llorar colectivamente a sus muertos.
Más extraño aún fue que lo hiciera de forma tan masiva aquel miércoles pues ninguno de los fallecidos era hijo de su tierra. No eran seres queridos. Sus nombres eran desconocidos. Venían de un lugar del que apenas sabíamos por escuetas y recientes notas de prensa.
Los futbolistas del equipo brasilero Chapecoense, que tenían la misión de convertirse en héroes para sus compatriotas, no alcanzaron a llegar a su destino en el estadio Atanasio Girardot. Venían a coronar un ascenso sorpresivo, a dar el primer paso para conquistar un título internacional impensado para un equipo de fútbol humilde, salido de una pequeña ciudad de Brasil con nombre de ritmo caribeño: Chapecó.
El 30 de noviembre 40 000 personas hicieron el homenaje a los jugadores del Chapecoense en el Atanasio. Otros miles en las afueras del estadio gritaron el nombre de sus rivales y les entregaron el título: “Esta cooopaaaa, se va al cielooo”.
El 5 de diciembre la Conmebol, a petición de su rival en la final, le otorgó el título de campeón de la Suramericana al Chapecoense.
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